"Es fascinante constatar los efectos imponderables del paso del tiempo. Imprevisibles, hasta que la biología molecular ha permitido a los neurocientíficos penetrar en algunos de sus secretos. Se sabía que el paso del tiempo mata el dolor. A los seis meses de un gran contratiempo personal, la mente lo ha digerido y la vida que parecía inconcebible tras la desgracia, empieza a perfilarse de nuevo y renace la esperanza. Lo que no sabíamos es que la ausencia física durante mucho tiempo mata el amor. El amor romántico parece eterno o no es amor. “Siempre te querré”, se dicen los enamorados. Ahora bien, las investigaciones moleculares del científico Lord Edgar Douglas Adrian hace más de treinta años apuntaban en dirección contraria. Ahora sabemos que tenía razón. ¿Por qué? Las señales eléctricas que las células nerviosas utilizan para comunicarse son muy parecidas unas a otras, al margen de la fuerza, duración o localización del estímulo exterior que las provoca. Cuando se rebasa el umbral para producir la señal, ocurre la descarga. Si ella o él no es capaz de generar la señal en el sistema nervioso del otro, no pasa nada. Pero cuando ocurre, los potenciales de acción son siempre similares. ¿cómo se transmite, entonces, la intensidad del estímulo? ¿De qué manera una neurona informa sobre la intensidad del estímulo que la hace vibrar? Siento defraudar a más de uno, pero la intensidad transmitida no depende del tipo de señal de alarma o deseo generado por el estímulo exterior, sino de su frecuencia. También lo que dure la sensación viene determinado por el periodo de tiempo durante el que se siga generando el potencial de acción. Si todos los estímulos se agolpan conjuntamente, la sensación será intensa; si se espacian en el tiempo, la sensación será débil. Estoy sugiriendo que lo que está en el origen de una sensación –ya sea visual, táctil o auditiva, los ladrillos del amor- es indiferenciado. Lo único que cuenta es la frecuencia de los impulsos y los canales de comunicación utilizados. Dejemos ahora aparte la biología molecular y las células nerviosas, sin olvidar que somos una comunidad andante de células. ¿Cómo es posible que en la vida cotidiana seamos tan desconsiderados con el impacto del tiempo, de las ausencias y de las frecuencias? ¿Por qué sigue habiendo tantos padres que no tienen tiempo de dialogar con sus hijos o enamorados que remiten a las kalendas griegas el roce de sus manos o de sus labios? La única excusa que tenemos es que nadie, o casi nadie, ha dedicado tiempo a activar su capacidad metafórica para deducir, de aquellas investigaciones a nivel molecular, sus implicaciones para la vida cotidiana de la gente. ¿Estábamos absortos en cosas más trascendentales?"