Nunca me gustó mirar dormir a los seres que amaba. Descansaban de mi, lo sé, y también se me escapaban. Todo hombre se avergüenza de su rostro contaminado de sueño. Cuántas veces, al levantarme temprano para leer o estudiar, he ordenado con mis manos las almohadas revueltas, las mantas en desorden; evidencias casi obscenas de nuestros encuentros con la nada, pruebas de que cada noche dejamos de ser... Margarite Yourcenar - Memorias de Adriano