Decían las abuelas –cuando menos la mía- que soñar con caca significa que uno va a recibir mucho dinero y esta conseja nos permitirá entrar sin guantes ni tapabocas a un terreno definitivamente fangoso, apestoso y antihigiénico: el terreno de las inmundicias como la caca, llamada por los griegos skatos. ¿No ha soñado nunca el lector con que defeca ¡en público! ante la mirada atónita de numerosos comensales o de oficinescos compañeros de trabajo? Alguna vez soñé que en una gran oficina iluminada, con grandes ventanales y gran cantidad de empleados, abría el cajón más bajo de un archivero azul de metro y medio de alto y me sentaba a desahogar mis intestinos sobre los expedientes amarillos ante la mirada sorprendidas de los demás oficinistas. El sueño crea una angustia interminable. La agonía de defecar en público y la agonía en mi sueño de no tener papel higiénico al alcance. Yo sufrí este sueño y desperté sudando y ... sin recibir dinero. Sudó también un bandolero cuando vio los rifles gubernamentales apuntándole. Se sabe que al Tigre de Santa Julia el ubicuo brazo del gobierno lo atrapó ... cagando. La película correspondiente recién se estrenó en 2002. Desde esa antihigiénica fecha en que cayó preso El Tigre... todo el que es sorprendido por un compromiso en el momento de defecar, se dice que es sorprendido como al Tigre de Santa Julia. Algo similar pudo haberle ocurrido a una actriz como Marylin Monroe quien perdió la vida de manera similar. Una de las más plausibles hipótesis acerca de su muerte en 1962 es que haya sido asesinada mediante la aplicación de una vulgar lavativa. Una enema que le provocó la muerte, dicen sus partidarios. Lástima. Antes de que apareciera el papel higiénico, el francés Montaigne explica que los romanos usaban una esponja -la spongia- unida a un palo para limpiarse el culo. Uno que se quiso matar pidió ir al baño y allí se atragantó intencionalmente con esponja, palo y caca, con tal de no morir en las fauces de las fieras. En latitudes mexicanas el bacal –desdentada mazorca del maíz - suple con creces aquél artilugio de imperial clasicismo. Se usaban toneles (añade Montaige en el ensayo XLIX de la primera parte de sus Ensayos, Las Costumbres de los antiguos) en las esquinas de las calles de Roma para depositar allí los orines. En la Nueva España, desván de cachivaches que no reconocemos como nuestro, había personal del gobierno dedicado a recoger la mierda que nuestros tatarabuelos arrojaban en las calles con el grito de ¡agua va! o ¡aguas!, grito que pervive hasta nuestros días para advertir peligro. Hay avisos también como el de obligar al uso del WC en determinados momentos del día. Alguien que se pasó sentado en el retrete mucho tiempo tuvo tiempo para redactar unos contestatarios versitos muy sanos: ‘Me causa risa y sorpresa este anuncio estrafalario / pues debe saber la empresa que el culo no tiene horario’. Santo remedio para el jefe de esa oficina gubernamental que necesita urgentemente a un filósofo novohispano como lo fue don Francisco de Quevedo y Villegas. Este hombre, práctico a más no poder, escribió en 1626 Gracias y desgracias del Ojo del Culo, donde halla que es más útil el ojo del culo que cualquiera o ambos ojos de la cara. Se sabe –añade Quevedo- de personas que viven sin ojos pero no pueden vivir sin ano. Pero al parecer –sólo al parecer- esto es mentira porque Luciano de Samosata en Una Historia Verdadera, mil doscientos años antes, describió a los habitantes de la Lunas como seres que carecen de ano. Quevedo no leyo a Luciano –sin rima- para escribir su ensayo. Un columnista de un diario nacional revisa la vida y la obra de John Waters, inventor del cine basura. En un artículo (La Popó del Guaguá) se menciona la película Pink Flamingos (1972) donde un personaje “divierte a los demás metiendo y sacando un pedazo de caca de su esfínter a ritmo de rithm & blues”. Son desviaciones preocupantes como es preocupante la angustia que nos da tapar la tubería del baño de una casa ajena después de que todo el mundo sabe quién usó el baño por última vez. Cervantes no pudo dejar de lado el defecar en esa obra inmarchitable que es Don Quijote. Sancho cagado en la aventura de los batanes. En el capítulo XX de la primera parte, ambos personajes se internan en un bosque para pasar la noche a la intemperie. Hay un ruido enorme que después se sabría que era ocasionado por seis mazos de batán que golpeaban alternativamente. Mientras esto se llega a saber Sancho pasa la noche lleno de un miedo pánico que le lleva a vaciar sus intestinos acostado muy junto a su amo. Don Quijote ‘que tenía el sentido del olfato tan vivo como el de los oídos’ y estando Sancho tan junto de él ‘que casi por línea recta subían los vapores hacia arriba’ terminó por advertir el desastre fecal diciéndole: ‘Paréceme Sancho que tienes mucho miedo’. ‘Sí tengo – respondió Sancho -; mas ¿en qué lo echa de ver vuestra merced ahora más que nunca?’. ‘En que ahora más que nunca hueles, y no a ámbar – respondió Don Quijote’. García Márquez, en una novela, y para exaltar la figura de Rubén Darío (¿) hace que un personaje diga que escribe cosas muy bonitas con la misma mano con que se limpia el culo. Freud ha estudiado las implicaciones del control de esfínteres y del dominio infantil sobre el bolo fecal de manera tal que si usted es sicólogo o profesor normalista afiliado al SNTE está perfectamente al tanto de las implicaciones del caso. No ocurre lo mismo con el control de esfínteres en adultos que logran peer a voluntad. Peer –dice el Larousse- es un verbo intransitivo (originario del latín pedere) que se conjuga como creer (que alguien me explique la razón de Larousse para usar esta comparación). Significa despedir pedos, y pedo (lat. peditum) es una ventosidad que se expele del vientre por el ano. Lo no muy público es el hecho de que hay quienes peen a voluntad y Montaigne en sus Ensayos escribe acerca de alguien a quien conoció en su época y que lograba entonar largas sinfonías cacofónicas. Rastrear la etimología de la palabra más desagradable (?) en el título de la obra de Quevedo ha sido difícil: ‘culo’ parece ser pariente, como cólon, de culleus (un saco en que asfixiaba al parricida), proveniente del latín culus y del griego koleión, vagina o funda. Mierda viene del latín merda, que ya en su origen significaba excremento. ‘Cuitláhuac’, el nombre de el penúltimo emperador azteca, significa exactamente ‘caca’. En 1860, el senador estadounidense George M. Willing bautizó con el nombre de Idaho a un estado de la Unión Americana, aduciendo que dicha palabra indígena significaba “perla de la montaña” cuando en realidad -descubrió un crítico- su significado es ‘mierda de búfalo”. Sorete o serote es un trozo de mierda sólido y continuo y su etimología es quizá ¡del griego serites!, montón, o quizás de zurullo a través de la voz lunfarda soruyo. Una interjección violenta en inglés es Shit¡, en francés ¡Merde alors¡, en el castellano de España, ‘mecagonlostia’ que es cagarse en la hostia, sacrilegio enorme. En la Antolgía de Relatos de Retrete de Ernesto Maruri se lee: “No vayas al retrete si te estás cayendo de sueño, ni te metas en la cama si no aguantas más las ganas de cagar. En el primer caso, te dormirías cagando, y en el segundo, te cagarías durmiendo”. En Gog, de Giovanni Papini un músico peedor implementa variaciones musicales con salva -muy salva- sea la parte. Leopold Bloom, en el Ulises de Joyce, se deleita con los olores que ascienden del retrete mientras defeca. En el capítulo 13 se masturba; en el 17 orina. Su mujer Molly lo espera meditando acerca de la menstruación. Jonathan Swift -cita un suplemento cultural- se mete en los intestinos de Celia cuando exclama: 'Oh¡ Celia, Celia, Celia shits!'. La mujer amada cagando. No puede ser pero es porque ya lo dijo un bardo rural: 'Caga el buey, caga la vaca, y hasta la chica más guapa, echa su montón de caca'. Dejamos el presente texto hasta aquí porque después de tanto caminar en este resbaloso predio algo o alguien huele y -como Sancho- no a ámbar. Para no pasar vergüenza no empezaremos por revisar los calzones. Empezaremos por revisar los zapatos. Déjeme ver las suelas.