Estaba frente a la ventana, la mirada perdida en la ciudad extendida a lo lejos.
-¡Sarría! ¡Sarría! Le llaman del interior... -gritó la voz áspera del mayor.
Se volvió sorprendido. -¿Del interior...?- preguntábase mientras caminaba hacia la reja. Le dio vueltas a la pregunta. -¿Del interior...?
Ocho años de cárcel, ocho años mirando cruzar los días grises e iguales le daban la comprensión perfecta de la frase: ¡Era la celda! ¡La celda oscura, lóbrega y fría, donde tantas vidas fueron cortadas!
Caminaba junto al mayor, atravesando los patios que le separaban de la Jefatura. Como era la hora de bajar la bandera, los presos vaciaban las galeras y se alineaban en le patio central. Al verlo pasar, le miraban. Algunos sonreían... ¡Estaban tan acostumbrados! Pero... ¿por qué Fermín "el Chino" murmuró con sorna al verlo, "que le busquen la sábana"?
Treinta o cuarenta metros separan las celdas de uno de los patios. Para llegar hasta ellas hay que atravesar un túnel angosto, inundado siempre por un agua pestilente. Ni un rayo de sol llega hasta allí. Todo es oscuridad..., silencio. Los incorregibles, los condenados a muerte lenta o al "suicidio", son arrojados en las celdas centrles, las que por su estrechez -cinco pies de alto, por menos de longitud- albergan con dificultad a un hombre. No obstante, nunca están vacías. Las camas se encuentran suspendidas casi hasta la altura del techo: una reja por donde fácilmente puede penetrar una mano. Y sobre ésta, una ducha, goteando sobre el cuerpo del preso, que por lo pequeño del lugar se ve obligado a permanecer horizontalmente.
En una de éstas -la número 4- está Sarría. Han pasado seis, ocho, diez horas -¡un año le parece!- y no ha logrado conciliar el sueño. La humedad le penetra hasta los huesos. La gota de agua continúa cayendo... Además, tiene miedo, un miedo horrible, inmenso, a la sábana. ¿Por qué Fermín dejó caer aquellas palabras -¡burla cruel!- que le barrenan sin cesar?
No quiere pensar en ello. Aparta su pensamiento y se sumerge en los recuerdos. De un golpe abarca su vida? Tiene treinta y cinco años, y sin embargo, se siente viejo; ocho años de prisión -tristeza y dolor- no pasan inútilmente por un hombre.
Nació en pleno campo, entre un rumor de río y de cañaveral. Creció sano y rudo, y ni el trabajo agobiador de sol a sol que desde su niñez se vió forzado a realizar, pudo quebrar su vigor.
¡Su niñez! Tiene un sabor tan dulce la palabra que mentalmente la acaricia. Corría a través de los matorrales, pescaba, se bañaba en el río... Aún le parece oír el grito de la vieja:
-¡Muchacho, sal de ahí, que te vas a ahogar!
Y el cañaveral... testigo mudo de sus amores con Esperancita, la hija de "Don Pancho" el bodeguero. Se sonríe... Aunque vagamente, recuerda la primera vez...
Pero una tarde, en que como de costumbre regresaba del trabajo, le detuvo la pareja. Le acusaban de haber dado muerte a Francisquillo. ¡Qué absurda imputación! ¿Cómo iba a matar a su amigo? Cierto era que había tenido "unas palabras" la noche anterior, pero había sido un "disgustillo" de viejos amigos, que pararía en seguida...
Estaba seguro de que sólo unos días estaría preso, hasta que todo se aclarara. Pasó el tiempo y no llegaba la libertad. Se resignó a esperar el día del juicio. Allí, en la Audiencia, ante jueces honrados, justicieros... se evidenciaría su inocencia. Pero... con asombro... el día anhelado vió desfilar ante su mirada pruebas y testigos falsos, y... aunque juró y gritó que era inocente, fué condenado a catorce años de prisión.
-Fue René, el hijo del dueño de la finca, quien mató al pobre Francisquillo- le dijo su vieja más tarde.
Por ser rico -piensa- pudo evitar pudrirse en presidio... ¡Perra vida la del pobre!
Abrumado por los recuerdos y los pensamientos, transido de angustia y cansancio, se queda dormido.
No siente el ruido de la reja que "alguien" abre, aunque entre sueños gruita:
-¡La sábana! ¡No quiero morir ahogado por la sábana...!
Siente que se desliza "algo" muy suave por su rostro... ¡Parece una caricia...! Quiere gritar pero le oprimen tan fuerte la garganta que no puede...
Luego... todo queda dormido. Tan sólo la voz del guardia de imaginaria hiere el silencio.
Enrique Delahoza
febrero 1932